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El "reinventor" del fútbol-espectáculo suma y sigue
28 de Noviembre
Campeón de la Copa América en 1999, del mundo en 2002, de la Liga española en 2005 y mejor jugador del mundo según la FIFA en 2004, Ronaldo de Assís Moreira, Ronaldinho, recibió hoy el "Balón de Oro", un galardón que viene a premiar el juego imaginativo y brillante de un jugador único, llamado a recuperar los detalles más espectaculares de este deporte.
En su tercera temporada como barcelonista, Ronaldinho (Porto Alegre, 20-3-1980) crece y crece. A sus 25 años, el Balón de Oro se añade a un reluciente palmarés en el que sólo falta la Liga de Campeones, competición que el Barcelona sólo ha conseguido en una ocasión (1992).
Es evidente que Ronaldinho ha recuperado por sí mismo la autoestima del Barcelona (y de Cataluña, según el ex presidente de la Generalitat, Jordi Pujol), pero su figura ha servido también para rescatar el fútbol espectáculo, recuperar la esencia del "jogo bonito" brasileño, y no sólo ganar, sino hacerlo con estilo.
Lo ha hecho justo cuando el deporte más popular del mundo parecía ahogado por la táctica, cerrado por el "resultadismo", vetado a la imaginación, homogeneizado por el músculo en detrimento de la fantasía.
Acapara elogios incluso de sus teóricos rivales destroza las tácticas pidiendo la pelota y desplegando un catálogo inagotable de recursos, desde la elástica hasta la bicicleta, pasando por los sombreros o incluso la "espaldinha", un pase con la espalda.
Y siempre con la sonrisa en la boca. En el césped es un ídolo, pero Ronaldinho ha logrado convertirse en un personaje carismático por su actitud siempre positiva. El brasileño ha logrado desdramatizar el fútbol. Siempre que puede recuerda que sólo se trata de un juego. Por eso sonríe cuando falla, corre 20 ó 30 metros para animar a un compañero o aplaude cuando alguien le envía un mal pase.
Ante la prensa es prudente y optimista, y esa manera de ser se ha filtrado hasta llegar al aficionado medio, que admira su mejor característica: Ronaldinho es altamente competente sin ser agresivo ni bravucón.
En una sociedad tan competitiva, el "10" azulgrana se sale de la norma porque triunfa con la sonrisa y el baile, sin recurrir a la perversidad o al pisoteo. Entre los niños tiene un calado especial: se calcula que cada año se venden 30.000 camisetas del Barcelona con su nombre y su número a la espalda.
Convertido ya en un icono publicitario (es su hermana Deisy quien gestiona todas sus apariciones públicas), Ronaldinho hace anuncios porque juega bien: ha llegado a merecer la etiqueta de mediático no por sus apariciones en la prensa rosa ni por sus peinados, sino por su atrevimiento y frescura con el balón. Malabarista y fresco, el brasileño disfruta y hace disfrutar.
Su historia responde bien al perfil del jugador que alcanza el estrellato desde la humildad. Su padre, Joao, trabajó como soldador y completaba los ingresos mensuales controlando los coches del aparcamiento del Gremio de Porto Alegre, el primer gran equipo en el que jugó Ronaldinho.
Cuando el joven Gaúcho (así se conoce a Ronaldinho por pertenecer a la tierra de los ganaderos del sur de Brasil) tenía ocho años, su padre falleció en un accidente doméstico. A partir de entonces, su hermano Roberto se convirtió en su protector.
Pese al drama familiar, Ronaldinho continúa pegado a su pasión, el fútbol. "Me encantaba regatear. Aprendía en el salón de mi casa, contra los muebles y entre las sillas, o en el jardín contra mi perro", recuerda. También depuró su técnica jugando al fútbol sala.
Pronto llegó al Gremio (siguiendo el camino de su hermano, quien dejó el fútbol por una grave lesión de rodilla), y de ahí, a las categorías inferiores de la potente selección brasileña. En 1997, su nombre ya empezó a sonar internacionalmente, porque ganó el Mundial sub-17 de Egipto y fue nombrado mejor jugador del torneo. El PSV Eindhoven (el primer equipo de Romario y Ronaldo en Europa) ya ofreció siete m
Fuente: EFE
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